La Campana de Latón — Capítulo 1

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Brass Bell Felix

La Campana de Latón

Capítulo 1: Mala suerte

El marcador estaba empatado y Félix con sus amigos estaban tratando de anotar el gol del triunfo.

“¡Estoy abierto!”, gritó Héctor separándose de su marca. “¡Pásamela a mi!”.

Félix plantó su pie en la gramilla y pateó la esfera azul y verde hacia su compañero. La bola se elevó en el cielo y los jugadores se quedaron inmóviles, reteniendo la respiración.

Félix sólo pudo observar como el balón parecía crecer alas y volar a través del cielo. Pasó por donde estaba Héctor, encima de la zona de la portería y superando la elevada valla se perdió detrás del campo de fútbol.

“Gran tiro”, gruñeron sus compañeros de equipo de manera sarcástica. Todos salieron del campo del juego. Conocían esta regla: lo que pasa más allá de la cerca de madera de seis pies de altura está perdido para siempre.

Félix se encontró a sí mismo solo, todavía de rodillas en el mismo lugar donde había pateado el balón.

“No es justo abuelita”, le decía Félix a su abuela tiempo después. “¿Por qué siempre tengo mala suerte?”.

“Ahora, nieto”, dijo ella poniendo un plato de frescas tortillas de maíz en la mesa. “Tú conoces la maldición de nuestra familia”.

Félix siempre estaba interesado en las historias de la abuela. A veces, hasta la ayudaba con su cocina, porque estar con ella cocinando generalmente significaba tiempo para contar historias.

“Sí”, respondió Félix agregando frijoles a las tortillas y enrollándolas para hacer burritos. “Pero abuela, ¿Por qué la maldición siempre me tiene que caer a mí? Nadie más en la familia tiene mala suerte”.

“Félix. ¿Te he contado la historia acerca del origen de la maldición?”, preguntó la abuela, estirándose y tocando la pequeña campana de latón que Félix llevaba atada en un cordón.

“¡Cuéntamela otra vez!”, suplicó Félix.

“Hace muchos años, mis tatara-tatara-abuelos pasaron tiempos difíciles. No tenían dinero o comida, sólo una cabra flaca. Una noche, una anciana misteriosa llegó a su casa y ató esa campana de latón alrededor del cuello de la cabra. Ella les dijo que la campana debería permanecer en la cabra, o a la familia le sucederían cosas malas. Después de eso, la cabra produjo suficiente leche para que todos pudieran alimentarse y vender el sobrante”.

“Pero una noche, mi ambicioso tío entró a hurtadillas al granero y le sacó la campana a la cabra. La ató alrededor del cuello del ganso, esperando que éste produjera mas huevos”, continuó la abuela.

“A la mañana siguiente, cuando fue a ver al ganso, se encontró con que la cabra había muerto. Le dijo a sus padres lo que había hecho y les rogó por su perdón. Desde entonces, ¡nuestra familia ha tenido que pagar por su error!”.

Félix había escuchado la historia de la cabra por años, pero le costaba mucho creer que esa pequeña campana hubiese sido la causa de la maldición que su familia ha sufrido por generaciones.

“¡Félix! ¡Armaste un solo burrito! No hay más historias para ti”, se burló la abuela.

“Perdón”, dijo Félix. “No he tenido un gran día. Me voy al ático hasta que sea la hora de la cena”.

El desván era el lugar tranquilo de Félix. En una casa llena de hermanos, hermanas y primos, Félix tenía poca privacidad. Encontró una caja vieja, llena de polvo en una esquina y seleccionó un libro con tapas de cuero titulado “Coronado y las Ciudades de Oro”. Félix amaba los libros acerca de conquistadores. Inmediatamente lo abrió y comenzó a leerlo.

El día siguiente, en la escuela, Félix seguía pensando sobre lo que había leído.

“¡Uno de estos días, me voy a ir a explorar!”, dijo a su amiga Karol. Karol generalmente se mantenía callada en la clase, pero Félix no tenía nadie con quien hablar porque la mayoría de su equipo de fútbol seguía enojado con él.

“¿Y a dónde irías?”, preguntó Karol.

“He estado leyendo una historia acerca de un explorador llamado Coronado”, dijo Félix. “¿Sabias que Coronado exploró las tierras de esta zona?”

“¡Hey, eso es raro!”, dijo Héctor uniéndose a la conversación sin ser invitado como era habitual. “¿Me pregunto si nuestro pueblo, Corona, recibe su nombre por él?”

“De todas maneras”, continuó Félix, “Coronado estaba buscando las siete Ciudades de Oro perdidas”.

“Conozco una misteriosa ciudad de oro perdida no muy lejos de aquí”, dijo Héctor tratando de sonar serio. “No muchos conocen este tesoro secreto, pero el conocimiento ha sido pasado en mi familia por generaciones. Pienso que podría ser persuadido de compartir esta información con dos colegas exploradores”.

Héctor observaba para ver si Karol y Félix estaban escuchando. Ellos sólo se miraban el uno al otro.

“¡De acuerdo entonces, esta arreglado!”, anunció Héctor, mientras los otros dos se mantenían parados en silencio. “Nos encontraremos aquí a las nueve en punto mañana por la mañana”.

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Escrita por Cathy Sewell e ilustrada por Blaise Sewell de The Curriculum Closet

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