La Campana de Latón — Capítulo 3

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La Campana de Latón

Capítulo tres: pizza al fuego

“El explorador de Coronado, (el fraile) Marcos de Niza, contaba sobre una rica ciudad, de oro, llamada Cíbola. Por lo tanto, se convirtió en uno de sus primeros destinos”.
– Coronado y las Ciudades de Oro

“¡Hemos estado caminando por siempre!”, protestó Félix. “¿Estamos casi allí?”

“Deja de quejarte”, dijo Héctor. “Estamos haciendo un buen tiempo”.

“¿Por qué no nos cuentas más acerca del oro?”, dijo Karol sentándose a descansar en un tocón.

“¡Si, escuchemos todo!”, acordó Félix, sentándose cuidadosamente en el suelo.

“Todo lo que les voy a decir es que creo que el oro proviene de un rey, de hace mucho tiempo atrás”, comenzó Héctor.

“¿Qué rey?”, interrumpió Karol.

“¿Y dónde esta enterrado?”, preguntó rápidamente Félix.

“Guau”, dijo Héctor. “Nadie dijo que estaba enterrado. Y recuerden, el tesoro está en la travesía”.

“¿Y eso qué quiere decir?”, preguntó Félix mientras se reía por lo bajo.
“Eso es todo lo que estoy diciendo por ahora”, contestó Héctor de manera misteriosa.

“Bueno, tal vez debamos continuar con esa travesía”, dijo Félix poniéndose de pie muy rápido con su pie lastimado. “Seré muy feliz una vez que lleguemos allí”.

“¿Cómo está ese tobillo?”, preguntó Héctor.

“Estoy bien”, dijo Félix tocando su mochila. “Coronado y sus hombres resistieron cosas muy locas durante su expedición. ¡Mi mayor temor es quedarme sin regaliz antes de llegar a Gallinas!”.

Poco tiempo después, Héctor se detuvo. Colocó una mano en su cadera y con la otra señaló al oeste. “¡Ja! ¿Qué es eso?”, preguntó en voz alta.

Karol y Félix miraron al resplandor rojizo-anaranjado sobre el horizonte. El color le recordó a Félix la salsa picante de su abuela. De repente, sintió hambre.

“¡El sol se está escondiendo!”, dijo Karol. “¡Eso no es bueno!”.

“No. Miren justo detrás de esos árboles. Esa es la Autopista 54”, dijo Héctor con orgullo, manteniendo su pose de héroe.

Los tres exploradores rápidamente se encaminaron hacia la autopista con renovado entusiasmo. Solo se detuvieron por un momento en frente de un gigantesco cartel que decía ENTRADA AL BOSQUE NACIONAL DE CIBOLA.

“Odio tener que decir esto”, expresó Karol, “pero deberíamos comenzar a buscar un lugar donde acampar esta noche”.

“Ella tiene razón”, acordó Félix.

“¿Que les parece aquí?”, Héctor sugirió un lugar. Había un par de árboles caídos muy grandes para sentarse y algunos pequeños pedazos de madera para comenzar un fuego.

“¿Oh, alguien se acordó de taer cerillas?”,  Félix comenzó a preocuparse.

“Yo creo que hay algunas cerillas especiales a prueba de agua en mi equipo de campamento”, ofreció Karol.

“Gracias”, dijo Félix aliviado. “De acuerdo.  Ustedes dos pueden comenzar el fuego. Yo iré a buscar algunas rocas para ponerle alrededor”.

Félix se había ido por sólo unos pocos minutos cuando le llamó la atención el aroma más inusual. Se transportaba a través del aire y llegaba entre las rocas y árboles. No era un aroma que se esperaba al borde de un bosque. ¡Olía a….pizza!

“¡Hey, gente, guarden algo para mí!”, gritó Félix cojeando hacia sus dos amigos que se encontraban ahora cocinando porciones de pizza sobre el fuego.

“¿Félix, que es eso que llevas alrededor de tu cuello?, preguntó Karol.

“Bueno, es una especie de maldición. Al menos eso es lo que cree mi abuela”, comenzó Félix mientras todos disfrutaban de la pizza caliente y humeante. “A veces ella cuenta algunas historias muy locas”.

“¡Escuchemos una!”, expresó Héctor convincente, lamiendo queso derretido de su manga.

“No estoy seguro de que les resulte interesante a ustedes”, dijo Félix sintiéndose de repente avergonzado de la historia de su familia.

“Vamos Félix, realmente queremos escuchar una historia”,  dijo Karol con sinceridad.

“Mi tatara-tatara-abuelo Eduardo peleó muy valientemente en la Revolución Mexicana”, comenzó Félix. “Una noche, muy tarde, se quedo dormido demasiado cerca del fuego. Su arma se calentó y una bala disparó justo hacia su pecho. Probablemente lo hubiese matado, pero justamente se encontraba vistiendo esta campana de latón”. Félix se sacó la campana, dejando que todos pudieran tocar la abolladura en el costado.

“Bueno, entonces”, dijo Héctor. “Creo que es momento de alejarnos del fuego”.

“¿Entonces, es maldita o trae buena suerte?”, preguntó Karol. Los tres consideraron su pregunta, mirándose unos a otros las caras brillantes por el resplandor del fuego.

Mientras se encontraban sumidos en sus pensamientos, escucharon pasos acercándose a ellos.


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Escrita por Cathy Sewell e ilustrada por Blaise Sewell de The Curriculum Closet

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