La Campana de Latón — Capítulo 5

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La Campana de Latón

Capítulo cinco: llegando a Gallinas

“Coronado y sus hombres visitaron numerosas villas en busca de las Siete Ciudades de Oro. Hambrientos y cansados, en ocasiones entraban en las villas y tomaban lo que necesitaban haciendo uso de su fuerza”.
– Coronado y las Ciudades de Oro

Karol, Héctor y Félix entraron lado a lado en el poblado de Gallinas. Cansados y con hambre, el trío siguió su marcha, determinado a encontrar el tesoro.

“De acuerdo, navegante”, le provocó Karol. “¿En qué dirección?”

“Um, bueno, déjame pensar”, Héctor buscó en los alrededores. Un grupo de negocios se alineaba en la calle Main, muy similar a Corona. Pero este poblado era más grande.

“¡Miren!” Félix señaló al final de la calle. “¡Tienen un teatro!”

“¡Y un lugar para jugar boliche!”, agregó Karol.

“¡Shhh … escuchen!” dijo Héctor, moviendo su cabeza. “¿Oyeron eso?”

Les llevó un minuto a Félix y Karol poder escucharlo.

“¡Ah, es merengue! Anunció Karol con un pequeño movimiento de danza.

“¿Y se supone que eso lo sea? ¿Te sientes bien?”, se rió Héctor.

“Cállate Héctor”. Las mejillas de Karol se tornaron de un color rojo profundo.

“Simplemente estaba jugando contigo”, se disculpó Héctor. “En realidad eres bastante buena bailando.”

“Vamos a ver de dónde viene la música”, dijo Félix dirigiéndose hacia el centro del poblado.

“¡Allí, en el parque!”, Héctor fue el primero en divisar la multitud. “¡Parece una fiesta!”

Caminaron hasta que llegaron al borde del parque. El aroma de burritos, enchiladas, frijoles y salsa despertó el hambre en el trío. Podían ver las decoraciones y una piñata muy grande colgando de la rama de un árbol.

“En este momento, daría mi brazo derecho por un burrito”, dijo Héctor relamiéndose.

“¡Y yo daría mi gigantesco tobillo morado por solamente un taco!”, se sumó Félix.

“¡Y yo los cambiaría a ustedes dos por sólo un chip de tortilla!”, rió Karol. Y antes de que se dieran cuenta de lo que sucedía, ella se encontraba en el medio de la fiesta. Estaba riendo, hablando y señalando a los dos sucios, cansados y algo hambrientos jóvenes.

“¿Qué piensas que esta haciendo?”, preguntó Félix por lo bajo.

“Bueno, creo que ella se esta ganando su chip de tortilla!”, respondió Héctor rápidamente mientras Karol regresaba.

“OK ustedes dos, vamos!”, dijo caminando hacia la fiesta.
“¡Yo lo sabía! ¡Nos vendiste!¿ No es cierto?”, dijo Héctor poniendo un dedo acusador en su cara.

“¡No, genio! Esa es mi tía Rosa y mis primos. Nos invitaron a comer”.

“¡Gracias Karol!”, dijeron los dos jóvenes sobre su hombro, dirigiéndose a las mesas de picnic.

“Entonces, Félix”, comenzó la tía Rosa. “Karol dijo que has estado leyendo acerca del explorador Coronado”

“Si señora, es cierto”,  Félix casi no podía hablar con la boca llena de comida. Trató de alcanzar su mochila para mostrar el libro y volcó su plato. “Gracias otra vez, campana maldita”, dijo para sí mismo. 

“Aquí Félix, usa esto”, dijo Karol mientras le alcanzaba una servilleta.

“Tu deberías conocer a Demetri – es como un explorador”, dijo Rosa. “Es originalmente de Rusia y ha estado en los Estados Unidos por casi un año. Es un conductor de taxis.

Rosa llevó a Félix hacia un hombre que lucía extraño. Vestía una camisa de colores brillantes, sandalias de cuero y tenía una larga coleta en su cabello gris.

“¿Cómo puedes hacer dinero como conductor de taxis aquí, en el medio de la nada?”, le preguntó Félix, tratando de no sonar descortés.

“¡Ah, jovencito!”, dijo Demetri en una voz rusa, alta y fuerte. “¡Eso es lo que lo hace emocionante! Nunca sé a quien voy a conocer o a dónde viajaré. ¡Para mí cada día es una nueva aventura junto a mi compañera Misha!”. Su voz resonó a través del parque y sus brazos se movieron acompañando sus palabras.

“Fue bueno conocerte Demetri”, dijo Félix retrocediendo lentamente del energético hombre. “Pero mis amigos y yo tenemos que encontrar un tesoro”.

“Buena suerte en tu aventura”, le gritó Demetri.

“¡Igualmente a ti!”, dijo Félix sacudiendo la enorme y sudorosa mano de Demetri.

“¡Muchas gracias por la espectacular comida!”, dijo Félix a Rosa.

“De nada. Pero prométeme que la próxima vez que vengas a Gallinas me llamarás. Estaré feliz de ir a buscarte”, dijo Rosa despidiéndose de Karol con un abrazo.

Y allí estaban nuevamente caminando por la calle Main, con renovada emoción y los estómagos llenos.

“¿Estamos casi allí?”, preguntó Karol cuando parecía que estaban llegando a la otra punta del pueblo.

“No, no estamos casi allí”, dijo Héctor. “¡Estamos aquí!”. Se detuvo frente a un gran edificio de ladrillos. Parados miraron a gigantesco cartel colgado en el frente y entonces supieron que finalmente habían llegado.

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Escrita por Cathy Sewell e ilustrada por Blaise Sewell de The Curriculum Closet

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