La Campana de Latón — Capítulo 6

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La Campana de Latón

Capítulo seis: el final de la travesía

“Mientras que para muchos la expedición de Coronado fue un fracaso, en realidad descubrió numerosas zonas nuevas en el suroeste de los Estados Unidos, y reclamó la propiedad de esas tierras para España. A pesar de que nunca encontró oro, sus tesoros fueron los hermosos lugares que encontró, incluido el Gran Cañón”.
– Coronado y las Ciudades de Oro

Karol, Félix y Héctor se detuvieron en la acera mirando a un cartel que decía CUARTO DEL TESORO. Entre las palabras, se observaba una gran corona dorada. De inmediato, supieron que habían sido engañados.

“¿Se supone que esto sea una especie de broma?”, gritó Félix.

“Sí, Héctor”, Karol también estaba enojada. “¡Esto no es chistoso!”

“No tenía idea de que este era el tesoro”, dijo Héctor disculpándose. “¡Me tienen que creer!
“Cuando era pequeño, mi padre me dio esto”, dijo Héctor sacando una moneda de oro de su bolsillo. “Me dijo que venía de Gallinas. Traté de que me dijera más, pero no lo hizo. Solo me dijo: ‘Simplemente recuerda, el Tesoro esta en la travesía’ ”.

Héctor sostenía la mano con la moneda de oro. Tenía la misma corona que el cartel, y algunos símbolos pero ninguna palabra. “Honestamente, no tenia idea de que la moneda venía de aquí. ¡Nunca los hubiese hecho pasar a ustedes dos por todo lo que pasamos por una estúpida moneda de un viejo juego!”

Los abatidos exploradores se sentaron al borde de la acera. Era muy difícil para Félix y Karol enojarse con Héctor, porque él lucía también desilusionado. Y Félix continuaba recordando como se sentía unos pocos días atrás, cuando sus amigos del fútbol lo rechazaron.

“Está bien amigo”, le dijo Félix a Héctor.

“¡Gracias, pero ahora tenemos que regresar a casa y no tenemos comida!”, lloriqueó Héctor.

“Oye, nosotros somos tres exploradores muy listos. ¡Ya se nos ocurrirá algo!”, Félix le dio a Hector un amistoso golpe de puño en el brazo.

“¿Pasa algo malo?”, gritó Demetri desde la ventana baja de su automóvil. Los jóvenes no habían visto su taxi acercarse y los asustó su fuerte voz.

“Bueno, después de todo, no existía el tesoro”, le dijo Karol a Demetri.

“Siento escuchar esto”, dijo Demetri. “¿Querrían ustedes, jóvenes, conocer a mi acompañante de viajes?”

Los amigos se acercaron al taxi y recibieron una sorpresa. Sentada en el asiento delantero, con un chaleco de lana y amarrada con un cinturón de seguridad, se encontraba una pequeña cabra color chocolate.

“Tengo una idea”, dijo Félix, desatando el cordón alrededor de su cuello. “¡Esto es para Misha!” Y colocó la vieja campana de latón alrededor del cuello de la cabra.

Cuando se separó, Félix pudo ver que Demetri tenía lágrimas en sus ojos.

“Cuando dejé Rusia, por una nueva vida aquí en América, tuve que abandonar tantas cosas”, comenzó. Y una de ellas fue una pequeña campana que colgaba de la puerta de mi casa. Mantendré esta campana para siempre en Misha y me traerá buena suerte. ¡Gracias!”

Félix sintió como si se hubiese sacado un peso muy pesado de alrededor de su cuello. “De nada”, dijo suavemente. 

“Bueno, no sé a dónde se dirigen ustedes tres”, ofreció Demetri, “pero estoy camino a Corona, si necesitan que los lleve”.

Tan pronto como le escucharon decir “Corona”, estaban subiendo a la parte posterior del taxi. 

“¡Ustedes tres, pónganse los cinturones de seguridad, y estaremos en camino!”, dirigió.

Lo hicieron como les pidió, y luego tomaron turnos contando a Demetri los cuentos de su aventura.

“Entonces… ‘el Tesoro esta en el viaje’. ¿Qué creen que eso significa?”, dijo Demetri pretendiendo que pensaba sobre algo.

“Bueno, yo sé que hice un par de muy buenos amigos”, dijo Karol. Y repentinamente todo tuvo sentido.

“Gracias Demetri”, dijo Félix. “¡Creo que nos ayudaste a encontrar nuestro tesoro!”

“Fue muy agradable conocerlos. ¡Aquí esta vuestra parada!”, anunció Demetri.

El taxi se estacionó frente a la escuela de Corona. Los exploradores tomaron sus mochilas y agradecieron a Demetri por el viaje.
“Esperen un minuto chicos”, dijo caminando hacia la parte posterior del automóvil. Abrió el baúl y saco un balón muy familiar, usado, de color verde y azul. Se lo arrojó a Félix y regresó al asiento del conductor sin decir otra palabra.

“Creo que mi suerte ya está cambiando. ¡Adiós, los veré mañana en la escuela!”, dijo Félix a sus amigos. Estaba ansioso de contarle a su abuela sobre su aventura. Y mientras caminaba para la casa, se preguntaba si la maldición finalmente había terminado.

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Escrita por Cathy Sewell e ilustrada por Blaise Sewell de The Curriculum Closet

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